jueves, 22 de mayo de 2008

La mirada


Debo confesar que, desde que fui a la última exposición fotográfica de la Lonja, he reconsiderado lo de mi ceguera. Efectivamente, lo soy, pero no se me asusten tan rápido porque mis pupilas perciben la luz perfectamente. La verdad es que nunca me ha llamado mucho este campo, aunque la curiosidad pueril que aún conservo me obligó a entrar en la exhibición. Mi desdén hacia el asunto se hizo latente cuando advertí que no era capaz de dedicar más de diez segundos a cada instantánea. La sección de guerra resultó diferente, y los diez segundos se convirtieron en veinte. En la siguiente sala encontré a mi “oculista”, un hombre que estaba observando la foto de una niña que parecía mirarle. Estéticamente me atraía, quizá porque fue algo nuevo para mí, ya que no había visto nunca una algo como aquello. Acostumbrado a las fotos de sitios increíbles a los que desearía ir, cuando el hombre me preguntó qué me parecía, le contesté que era una composición simple. Comenzó a hablar con templanza, y cada palabra que añadía a su discurso era una causa más de la apertura de mis ojos y mi boca. Cuando terminó, se retiró dándome una palmadita en la espalda. Seguí ahí delante durante no sé cuánto tiempo, pero de lo que sí estoy seguro es que aquel personaje había sido capaz de ver una gran realidad a través de aquella mirada. No sólo eso, sino que también pudo retratar aquello que enfocaban los ojos de la niña. Mi actual concepción objetivista del fotoperiodismo está cambiando. No deja de sorprenderme cómo una persona puede autorretratarse sin aparecer en su obra. Pienso en mi labor diaria como periodista... He decidido que voy a dejar de ver el mundo, porque lo que debo hacer es mirarlo. Necesito ser parte de mi obra, añadiendo los matices y elementos que aporten mi propia realidad. No deseo observar un mundo tan borroso del cual la mayor parte se me escape, así que trataré de seguir poniendo remedio a mi ignorancia y mi ceguera.

La vieja verde

Yo ya voy teniendo edad para heredar, pero a decir verdad, yo heredé mi pasión por los videojuegos desde bien pequeño. Mi primo me sentaba a su lado, me daba un cacharro pequeño y rectangular con dos botones rojos y me instaba a apretarlos. Yo fijaba la mirada en esas “moscas” raras de la pantalla las cuales tenía que matar, pero siempre acababa sucumbiendo la bola amarilla que, supuestamente, yo dirigía. La verdad es que me cansaba pronto porque veía cosas más curiosas a mi alrededor. Ya saben, entonces todo entra por los ojos y, la verdad, ver cuatro líneas rectas en una pantalla... ¡vamos, que prefería dibujarlas yo! Desde entonces ha llovido mucho -quizá no lo suficiente, porque vaya sequía la de este año- y las moscas ya no son lo que eran. Dragones preciosos y paisajes maravillosos dejan de lado la antiquísima estética “marionesca”. Para los seguidores del mítico fontanero de gorra roja y bigote, habrá sido todo un espectáculo ver cambiar de forma a sus héroes preferidos, igual que para todos aquellos fans de otros títulos como Final Fantasy o Gran Theft Auto. Confieso que hace poco me dio por asistir a uno de esos talleres sobre la imagen. Resultó ser como un partido de fútbol sin goles. Vi jugadas muy elaboradas y bien trenzadas, pero no se alcanzaron los objetivos que yo tenía previstos. Vamos, que se habló de mapas de bits con los que quizá puedas encontrar tesoros; de creaciones vectoriales que seguro derivan en una componente física de la parábola kepleriana; y de no sé qué reciclaje de imágenes… ¿Acaso se van a empezar a fabricar originales tetrabriks con forma de colash? No entendí nada de nada, no vi imágenes maravillosas por ninguna parte y este fue el balance: yo acabé dormido y para cuado desperté, vayan ustedes a saber donde narices se había metido mi amigo. Después de tan nefasta situación he decidido dedicarme solo a mirar imágenes. Voy a la Fnac y veo cantidad de videojuegos. La verdad es que hace un tiempo que perdí el hilo de aquello nuevo que sacan. Al fondo, hay una consola verde con una X en el centro. Crea tu personaje, veo escrito en la pantalla. Cuando acabo de personalizarlo se me escapa una gran carcajada porque el “bichito” se parece mucho a mí. Comienza la interacción con ese nuevo mundo virtual y se me abren los ojos como platos. Unos paisajes muy bien formados, una definición que jamás habría soñado ver. Es tan real, que parece como si mi ser hubiese entrado en la pantalla, quedándose a los mandos mi carcasa corporal. La ficción virtual parece la realidad más objetiva en cada detalle. Me muevo hacia un lado y el sol, situado en mi costado, hace sombra detrás del personaje. El día transcurre en el juego y las sombras se mueven con la luz. En ese momento en el que ya no sé si me muevo en un paraíso real o ficticio, la voz de un niño me abstrae. “No mamá, esa consola (refiriéndose a la que tengo delante) es muy vieja. Los gráficos de esta son penosos, son mucho mejores los de la Play 3 porque parece todo más real”. La mujer asiente a la vez que leo el cartel informativo. Mi asombro se hace patente cuando leo la fecha: 2005. ¿Sólo hace dos años que salió este aparato y ya se ha quedado obsoleto? Hace poco más de una década andaba jugando yo con puntos y líneas muy cutres y hoy día, ¿un chaval se atreve a decir que mi viva imagen plasmada en un televisor de plasma se ha quedado obsoleta? ¡No entiendo nada! Por lo pronto, voy a intentar no quedarme dormido en los talleres de creación para ver si, con un poco de suerte, consigo crear un “personajillo” de estos que me permita hacer en la vida real todo cuanto desearía. Algo así como el Homer digital en los Simpson; algo que me permita echarme una buena siesta a la vez que trabajo en cosas como esta. En definitiva, una bella adicción visual.

sábado, 26 de abril de 2008

Un verdadero tesoro







Rumores infundados los que llegan a mis oídos. Parpadeo atónito una vez más, pues mis ojos, abiertos como platos, no pueden aguantar la intensa luz del sol. No salgo de mi asombro. ¿Un mundo perfecto en el que todos viven en paz y armonía? No creo que sea cierto. Será un vago cuento que vuelve a intentar cambiar la historia, como aquellos que trataron de hacer de este un mundo más libre, más justo... pero nunca lo lograron. No hay unidad entre los hombres. La codicia y la envidia rompieron los lazos que nos unían y ahora, sólo los fantasmas de aquellos que intentaron mantener la causa viva lloran esta lastimosa pérdida. Se ha perdido la esencia humana. ¿Por qué tratamos de buscar lo que nos separa si eso es tan fácil de hallar? A veces pienso en lo estúpido que resulta observar el exterior de las cosas.

Recuerdo que durante mi infancia, me encantaba subir a la buhardilla de mi abuelo. Aquel lúgubre sitio lleno de telarañas, era el lugar más increíble en el que un niño se puede encontrar. Era como jugar a encontrar el tesoro. La X marcaba el lugar. Entonces no era consciente, pero ahora me doy cuenta de que Hugo, mi hermano mayor, nunca se sorprendía de las cosas que encontrábamos allí. "Otra baratija más que el abuelo decidió olvidar aquí. Por algo será", decía. Con 17 años, había perdido esa capacidad que ójala nunca me abandone. La capacidad de sorprenderme por todo aquello que veo; por todo aquello que toco o huelo; por las mil y una historias que mi abuelo aún me sigue contando en el sofá del salón. Cada cajón polvoriento era como un cofre que yo, con mi pata de palo, mi parche y mi loro al hombro, debía conseguir abrir. Unos cedían fácilmente y en su interior no había más que "porquería", como decía mi hermano, que acabó por dejar de subir a ese rincón olvidado de la casa. Yo seguía en mi empeño por encontrar grandes tesoros. Me volví un tanto selecto porque, aunque no dejaba de sorprenderme por las cosas que encontraba en cajones y baúles de fácil acceso, empecé a dejar los objetos que hallaba un poco de lado.

Pero entonces lo encontré a él. Un baúl mugriento y cubierto de polvo en un rincón de aquel sombrío ático. Era un cofre bastante antiguo. Parecía como si ese tesoro que andaba buscando por las playas de mi pensamiento hubiese aparecido ante mis ojos de repente. Tiré del cierre, pero éste no cedió. Volví a tirar con más fuerza y caí al suelo dándome un culetazo. ¿Por qué estaba tan bien cerrado ese trasto tan viejo? La primera idea que pasó por mi cabeza fue la de algo demasiado valioso para ser desvelado. Quizá mi abuelo tiene atrapada a la verdad ahí dentro porque la encontró y no quiere que se le escape. O quizá cientos y cientos de esos doblones que ganó como pirata en las costas del Caribe. Nunca me cansaba de oir las historias que me contaba antes de irme a dormir, las noches que mis padres me dejaban allí. Tenía que llegar al fondo del asunto como fuera. Pasaba el tiempo y mi relación con el interior de aquel cofre era nula. Lo saludaba cuando llegaba, pues aquella gran carcasa era ya parte de mi vida. Me tiraba horas y horas observándolo como un pasmarote sin saber qué más decir. Me despedía y seguro que ni siquiera se habría dado cuenta de que me iba.

Ya le había hablado al abuelo de mi gran hallazgo en el ático, y el se reía siempre que se lo recordaba. Una noche, como si tratara de ayudarme en mi búsqueda, me habló de sus andaduras por los páramos colindantes. Me habló de un árbol. Un sauce a la orilla del río que era la puerta hacia todos aquellos lugares a los que deseas acceder y sientes que no puedes. Me dijo que me sentase allí, que cerrase los ojos y que sintiese la voz de la naturaleza. Yo, desde mi ingenuidad, hice caso a la voz del tiempo, que representaba para mí toda la sabiduría del mundo. Me acerqué al árbol a medio día, me apoyé en su tronco y cerré los ojos. Cuando mis luceros se abrieron de nuevo estaba atardeciendo. Me había quedado dormido y, realmente, no sabría decir si llevaba allí sólo unas horas o siglos enteros. No había pasado nada. No había oído nada. Me levanté con la cabeza gacha y decepcionado, pues mis ilusiones se habían esfumado bajo aquel sauce. La naturaleza había robado mis sueños de infante en un momento. Al levantar la mirada ví el hueco. El hueco que me devolvió a la niñez de la que aún conservo rasgos. Metí la mano apresuradamente y agarré una llave tan grande que casi no me cabía entre ambas manos.

Corrí todo lo deprisa que pude hacia casa y, después de decirle a mi abuelo que un tesoro me esperaba, subí las escaleras precipitadamente. Llegué a la buhardilla con la lengua fuera, sudando y con los ojos brillándome más que nunca. Yo creo, que si esa noche nu hubiese habido luna llena, mis ojos podrían haber iluminado la bóveda celeste. Introduje la antiquísima llave en la oxidada cerradura. La tomé por el mango y comencé a girarla. Mi corazón latía cada vez más deprisa. No sabía qué narices se escondía ahí dentro. El último "clic" fue demasiado para mí. No podía abrirlo. Es una sensación extraña la que te invade cuando, teniendo algo tan al alcance de la mano, no eres capaz de llegar hasta el final. Al fin, me armé de valor y levanté la tapa con todas mis fuerzas. Las bisagras chirriaron y la tapa cayó sobre una pila de libros muy antiguos. El polvo nubló mi vista y me provocó tos durante unos instantes. Cuando recuperé la visibilidad, eché una ojeada dentro y lo que ví me sorprendió muchísimo.

Libros viejos, papeles, los mismos trastos que había ido encontrando hasta entonces. Bajé apesadumbrado las escaleras y, desconsolado, sollocé entre los brazos del abuelo. "Un gran tesoro, no es aquel que se consigue tras una breve y facilona búsqueda. Un gran tesoro es el que descubres cuando vas más allá que el resto", dijo mientras me abrazaba. La verdad es que no lo entendía, pero una extraña sensación conciliadora pasó por mi mente. ¿Quizá no estuviese todo perdido aún? Aquella noche no podía dormir. La frase del abuelo revolvía mis pensamientos a cada segundo. Decidí levantarme y, a hurtadillas, recorrer los oscuros pasillos de la casa. Las tablas de madera crujían bajo mis pies a cada paso que daba. Estaba dando un recital de tablademaderavieja en si bemol. Buscaba una vela desesperadamente porque, a pesar de la luna llena, la oscuridad era considerable. Mi abuelo apareció de repente con un candil en la mano. "¿Vamos juntos?", preguntó, y yo asentí miedosamente.

Cuando llegamos al desván me dio la vela. "Los verdaderos tesoros los debe encontrar uno mismo. Ve", me susurró al oído, y me empujo hacia delante. Caminaba despacio y temeroso, echando al dos por tres la mirada hacia atrás. Saqué todos los trastos que me habían decepcionado aquella tarde y recordé las películas de castillos, donde siempre había lugares secretos para esconder cosas. El arcón era tan grande que me pude meter dentro. Cerré los ojos y mantuve la respiración. Palpé suavemente y noté una pequeña rendija en el fondo. Tiré con todas mis fuerzas, pensando que ni Hércules hubiese sido capaz de labrr tal hazaña, y la tapa cedió. Había una cavidad a parte. Lo que allí encontré si que fue el mayor tesoro que un niño puede encontrar.

Un libro harto grueso que recopilaba escritos de varios siglos; un colgante que aún llevo puesto en mi cuello y otra cosa más... algo que prefiero no desvelar qué es pero que ella guarda con cariño. Y digo ella porque mi vida ahora es un pequeño tesoro diario. Tengo un trabajo en el que sólo triunfas si eres capaz de ir un paso más allá que el resto, pues lo usual y lo convencional ya no resultan rentables. Mi vida profesional es una búsqueda constante de tesoros bien ocultos, de esos que realmente merecen la pena. Esos tesoros que solo encuentras si levantas la última tapa, algo que puede resultar muy peligroso. Para vencer hay que arriesgar, y la vez que más he arriesgado me salió bien. Fui capaz de abrir todas las puertas que separaban nuestras estancias, de llegar hasta donde ninguna otra persona había sido capaz de llegar. Ella me entregó su mayor tesoro, su amor y su vida. Yo le entregué ambas cosas, pero además le regalé ese pequeño hallazgo que encontré en el baúl del abuelo. Ese que nunca llegaréis a saber qué es y que guarda en su seno. El tesoro más perfecto está completo. Mi tesoro. Si ella se pierde, incluso yo moriré con ella. Mi mundo ya está lleno de paz, armonía y, sobre todo, de cariño y amor humano.

Siempre recordaré al abuelo sonriéndome desde las escaleras con las velas en la mano al verme llegar corriendo con el libro, el colgante y un verdadero tesoro reflejado en mis lágrimas de alegría y en mi ufana sonrisa.


miércoles, 23 de abril de 2008

Placer pueril










Nunca he aprendido a tocar este precioso instrumento y añoro las tardes en el salón de mi casa, en las que mi hermana mayor tocaba esas tiernas melodías que me dejaban absorto. Durante esa breve actuación yo me evadía de mis problemas rutinarios. Pensaba que es música solucionaría todos mis grandes problemas: tener que lavarme los dientes cada mañana, estudiar para el examen del día siguiente o ir a entrecavar las patatas al huerto de mi padre. Era como un sueño; un sueño que se terminaba con las últimas delicadas notas que tocaban esas suaves manos. Entonces mi padre gritaba, mi madre gritaba y todo volvía a su cauce. Triste y apesadumbrado, me levantaba de la silla que mi hermana me había preparado a su vera y, casi con lágrimas en los ojos, recibía un beso de aquella persona que más me hacía disfrutar entonces, en señal de despedida. Sus sonrosados carrillos se estiraban al dedicarme una bonita sonrisa que me alegraba el día. Una sonrisa que me decía: "Ve, pero recuerda que siempre estaré aquí cuando lo necesites". Pero un domingo de agosto llegué a casa por la mañana. Había estado con varios de mis compañeros acampando en los prados de la ladera que hay detrás de nuestro pueblo. Llegaba ansioso por escuchar las caricias de mi hermana al piano del salón. Eran tan bellas... Cuando llegué mi madre estaba como ida. Miraba al suelo mientras sostenía el teléfono entre las manos. Las lágrimas comenzaron brotar de sus ojos. Yo no entendía nada. Le pregunté dónde estaba Luna, mi hermana, tenía muchas ganas de escuchar la canción que me tenía preparada para hoy. Me abrazó fuerte y sollozó con fuerza. Los finos y largos dedos de las delicadas manos de Luna, no podrían tocar más el piano; ni tampoco sus labios darme un cálido beso... Aún sonaba en mis oídos la melodía del día anterior. Comptine d'un autre été, se llamaba la canción. Ese día, cuando salía por la puerta de casa recuerdo que le dije: "Si alguna vez una chica me dedica esta canción seguro que me enamoro de ella. Que pena que seas mi hermana", y le saqué la lengua. Ella se levantó, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza. "Te quiero más que nada en este mundo, pitufo", me dijo. Yo me puse colorado. Nunca más podría repetírmelo, pues su vida se perdió en una cuneta sombría.

Me encuentro sólo, en un reino que no es de este mundo. A lo lejos, en el centro de ese mundo nuevo en el que me encuentro está el piano. Un piano iluminado por una luz que procede de quién sabe dónde. Un piano idéntico al que había en la esquina del salón de mis padres. Me siento en el taburete. Cruje, chirría... Sabe que no es mi sitio, que no debo estar ahí. No me corresponde ese lugar en este mundo. Está molesto conmigo. Las teclas del piano están duras y firmes. Se oponen a que las toquen, pero yo intento suavizar las cosas. Las acaricio, las mimo... trato de que estén cómodas. Me da miedo intentar tocarlas porque, con lo mal que lo hago, seguro que conspiran contra mí para asesinarme auditivamente. Posadas mis manos sobre el lustroso piano me dispongo a tocar. Recuerdo las primeras notas de aquella canción que me dejó Luna como último recuerdo. Comienzo... Hilos de marioneta bajan por el haz de luz hasta situarse sobre mis dedos. Se insertan en mis huesudos dedos y son dueños de mis manos. Comienzan a tocar solos. Es como si llevase toda la vida enlazando notas musicales para urdir una bella melodía. Dejo que sean esos hilos los que manejen la situación mientras yo disfruto de lo que me están dando. Es increíble, nunca había sentido nada igual. Me siento un ser completo.

El tiempo no discurre en aquel lugar. Podría llevar allí siglos, milenios, incluso millones de años... y seguiría siendo lo mismo: un estado de placer continuo. Sin embargo algo no encaja. No me he dado cuenta hasta ahora, pero un aura blanca, que se parece a mí, está flotando en la oscuridad. Un nuevo hilo ha sujetado mi cabeza, que mira impasible hacia el suelo mientras mis dedos siguen tocando. Sigo gozando con la música, pero mis ojos ven que algo se ha perdido. Esa parte humana que aún me queda nota que algo le falta. No hay iniciativa por tocar algo diferente, se ha perdido el amor por aquello que escucho, no soy capaz de aprender y recordar estas melodías... Se ha perdido la esencia del mi ser. Ese ser equivocadamente completo que lo reduce todo al puro placer y goce. No hay lugar para un ser así en este mundo. Un ser así acaba por morir y sucumbir a la oscura realidad.

Otro ser etéreo aparece entre las sombras. Mis ojos lo ven, pero no puedo alcanzar a reconocer quién es. Se acerca al lugar donde me encuentro. Corta los hilos uno a uno y la música se para. La parte que queda de mi ser chilla quejumbrosa porque ya no hay disfrute. La figura, que va encapuchada con una toga blanca, acerca su rostro a mi mejilla y me besa. Esos labios... El estruendoso grito que profiere mi cuerpo se detiene bruscamente. Mis pupilas se dilatan y la luz ciega mi ser. Soy un ser inerte y moribundo postrado en una silla. Veo al éter que se parece a mí sentado sobre la cola del piano. "Ve por él", me susurra el encapuchado. Todo aquello que me hubiese hecho avanzar se ha ido con ese ser luminoso. No puedo ir. El encapuchado decide al fin descubrir su imagen. Sé quién es... la conozco tanto... pero no acabo de reconocerla. Estoy fuera de mí. Avanza hacia el éter luminoso. Éste, asombrado, la abraza fuerte y comienza a llorar. Se aproxima hacia mí. En el último de mis impulsos humanos me levanto. El éter me da una mano y con la otra se despide de la figura que yo no alcanzo a reconocer. "Hasta siempre", le dice. "No dejaré que ésto terminé así; no permitiré que este humano se deje manipular. Vivirá como tu le enseñaste: a base de profundas melodías que marcarán su destino". Nos fundimos en uno único elemento. Ya consigo distinguir la figura que me había besado antes. Es Luna, mi hermana. En el taburete del piano hay sitio para dos. Se sienta a mi lado y comenzamos a tocar juntos esa preciosa y terrible canción con la que me dijo adiós un día. En ese momento creo saber qué es la felicidad...

Despierto sudoroso en mi cama. En calzoncillos recorro el pasillo hasta llegar al salón. Me siento en el taburete del piano. Miro las estrellas a través de la ventana que está sobre el piano. Cierro los ojos e imagino la melodía a la vez que mis dedos se deslizan sobre el teclado. Luna está en mi mente... en mis sentimientos... en mis dedos... Y entonces comienza a sonar de nuevo... Comptine d'un autre été.

sábado, 19 de abril de 2008

Páramos sombríos


Siento miedo en la oscuridad. Cuando todas las luces se apagan y una delicada sábana de nubes cubre la luna llena, todo cambia. Cegados mi mente y mis dos luceros ya no hay nada que ilumine el mundo. Para mí, todo parece haber acabado. La noche es una historia de mil caminos por los que transitan seres. Unos, iluminados por la luz de las pocas estrellas que la ciudad ha dejado con vida, caminan triunfantes por bellos parajes. Otros, arrastrados por la oscuridad eterna, caminan entre las sombras. Nadie los ve, nadie se fija en ellos. Transeúntes de páramos umbríos. Cicatrices de heridas recientes que no acaban de cerrarse. Así es la noche del tiempo que nos ha tocado. ¿Seguro que sólo la noche? La vida es un devenir de personas que transitan nuestra alma. Unas la trastocan, otras la hieren, otras la oscurecen, otras la alegran un momento pero, afortunadamente, aun quedan aquellas que son capaces de iluminarla más que cualquier otra estrella. Son aquellas capaces de amar tu vida tanto como la suya propia.


Dichosos aquellos que transitan ríos tranquilos, que duermen en territorios apacibles. La sombra aún no los ha hundido en el olvido. Corazones inocentes en un mundo corrupto donde el dolor es moneda de cambio habitual. Las sombras son mayoría. Vagabundos sin destino cuya estrella se apagó. Dejó de brillar cuando el viento ya no silbaba. Cuando la naturaleza ya no transmitía vida, anhelos, ganas de seguir adelante. Cuando los románticos robledales se convirtieron en vastos desiertos. Sólo unos pocos disfrutan de esos lugares. Lástima no volver a ser un niño. Un ser inocente, sin preocupaciones, con nada más en la cabeza que el objetivo de la piedra que tiene en la mano y el lugar por dónde debería salir corriendo. Veo todo tan difuso, extinto y moribundo… No tiene solución. Miro al cielo y sigue negro. No veo nada. La oscuridad empieza a envolver mi mundo. La sombra ha absorbido mi vida pero también me la dio un día. Se cobra aquello que le dejé a deber hace ya demasiado tiempo. Pensé que quizá no se acordaría, pero ahí está para decirme: “¡Eh, no te olvides!”.


Luz cobarde que te escondes en mis sueños. Regresa a tu morada. En mi alma llenas el hueco que dejó el pétalo de rosa, la esquina con telarañas que te aguarda en mi mente, el resquicio que dejaste en mi corazón palpitante. La fe la perdí hace tiempo, no me obligues a suplicarte. Vuelve a mi vera, tesoro, pues sabes cuanto te necesito. Desearía volar para ir yo mismo a buscarte. Ícaro lo intentó un día, y consumiste sus esperanzas. Iluminad estos lugares, estrellas desconsoladas. Brillad con fuerza ahí arriba y completad lo que falta. Faltan suspiros y anhelos. Falta la confianza y la amistad. Falta atracción y deseo. Faltan sorpresas y risas. Falta ingenuidad e inocencia. Sombras que soportáis esto solas, amad y dejad que os amen, falta amor por encima de todo. La lujuria no es verdadero disfrute. La soberbia rompe amistades. Con envidia no viviréis nunca tranquilos. Con ira os heriréis a vosotros mismos. Inocentes nacéis, humanos, sois potencia de bondad, la vida os lleva a la sombra de la luz que no ilumina. Cortad la electricidad y dejad que, aunque sólo por un momento, el paraíso se haga en la tierra con la luz de las estrellas. Son la luz que de verdad ilumina. Son testigos de la vida… son testigos de la muerte… No sabrás nunca por qué, pero esclarecen el resplandor de tu destino.

sábado, 12 de abril de 2008

Abrazo desvanecido al alba


La luna intenta asomarse entre una gran multitud de nubes. Este claroscuro que deja la luz del astro celeste no me impide caminar seguro. Seguro de lo que huelo… seguro de lo que palpo, seguro de lo que oigo… pero confuso ante todo cuanto veo. La noche turba mi mente. Quiere evadirse del mundo pero el mundo no le deja. La rodea, la pervierte y hasta, a veces, la maltrata. El sonido del silencio la hace tiritar. Mi mente se estremece tanto que emite un llanto atroz. No es como el lamento de un niño, sino como chasqueo de las quijadas de los bueyes en pleno invierno. No hace frío, pero ella cree que sí. Se siente desnuda ante ti. Tú la conoces tan bien como yo y está celosa por eso. No quiere que otra ocupe un lugar más importante en mis entrañas. Ha sido la única capaz de resistir al veneno que inoculaste en mis venas. Se ha sabido mantener al margen, pero siente que llega el final.


Aún conservo el aguijón que me clavaste. Soy incapaz de hacer sanar esa herida. Aún supura. Brota un líquido negro que se ha extendido por todas partes. Sólo mi razón sobrevive a esta muerte segura. Es la que me hace soñar despierto. La que ilumina mis días oscuros. La que me hace grande cuando me siento pequeño. La única que, a pesar de abandonarla cuando estuviste a mi lado, no me ha dado la espalda. Sigue ahí, no se ha ido, y confío en que nunca lo hará. No me queda vida que dar a nadie. Tú me la chupaste entera con toda su energía. La maltraté con el alcohol y las drogas, en las que me metiste antaño. Humano ingenioso de cuello hacia arriba, cadáver inerte hacia abajo. Mi cuerpo aletargado trata de caminar por los callejones sombríos. Ocultos entre esas sombras se esconden los que han decidido condenarme.


Del bolsillo de mi chaqueta de cuero saco una foto. No puedo dar un paso más. Me apoyo en la pared y empiezo a resbalar lentamente con mi espalda hasta que me encuentro sentado. Un trueno. Miro la foto. La primera gota cae justo en tu rostro. Sí, es esa foto que me mandaste desde Los Ángeles contándome que te iba todo genial. No he respondido porque no vale la pena. Sé que no volverás, sé que te quedarás allí para olvidarte de mí por completo. Mi mente está sucumbiendo. Cede a los tempestuosos ataques del veneno.


-“¡No, por favor! ¡No te vayas sin mí, no me dejes tú también!”.

- Ya no lo soporto más, tu corazón ha vencido. Los sentimientos afloran y yo no puedo hacer nada.


Ríos de la razón más pura brotan de mi cabeza. Todo está perdido. Mi cuerpo se consumirá en poco tiempo. La persigo con lo poco que me queda de mi ser pero no logro alcanzarla. Se me escapa para siempre, huye de mí. Las lágrimas cubren mis ojos. Ahora ya da igual en que malgastar la vida que me queda. Me desvanezco en el suelo pero… ¡mis rodillas no tocan el suelo! ¿Quién me sujeta? Vislumbro el sol a lo lejos. Amanece.


-¿Por qué no me contestaste?

Esa voz…

-Creí que no volverías.

-He regresado para quedarme a tu lado.

-Ya de nada sirve, pues ella me abandonado. Palpita mi corazón pero me muero, porque aunque lo que siento es algo increíble, el amor es un don que nace en el corazón y sólo la razón sabe cuidar.

-Abrázame. Seamos uno, tan sólo hasta que despunte el alba.

miércoles, 9 de abril de 2008

El albor de la tricromía

Sentados, uno frente al otro. Ocultados sus rostros tras una fría capucha blanca. Se ven, pero no se miran. Creen tener al otro delante, pero no saben que realmente está ahí. Dos burbujas pensantes reposan sobre los pilares que las sustentan. Aquello que las sujeta es frágil, parece como si fuera a caerse en cualquier momento. Ocultan su identidad tras un fino muro de tela. Son tan diferentes y tan semejantes a la vez... La esencia de la contradicción se respira en el espacio que los separa. Tienen miedo. Murmullan sus pensamientos sin producir sonido alguno. ¿Telepatía? me pregunto. Tienen miedo, lo presiento. El otro les impone respeto, un respeto sustentado en la pura sensación de soledad. ¿Y si descubro mi ser? ¿Y si no le gusta cómo soy? Me quedaré solo. Veo claramente sus pensamientos. Miles de heridas se han abierto en su mente. De su boca van surgiendo las razones de sus males. Ascienden hilos de éter cielo arriba como si del líquido de las lámparas de aceite se tratase: sinuoso, incluso sensualmente atractivo. Quiero tomar aquello para mí, sería una pena perderlo, pero se me escapa entre los dedos. Me siento inútil al ver como se deshacen años de bonitos sentimientos, de anhelos y de conquistas.

Un fino hilo blanquecino es el primero en salir. La inocencia se quemó con los leños de la infancia. Sus mentes pierden vida. Notan que mueren. Como el moho de mis libros, esos con cientos de años que guardo en titánicas estanterías. Verde es el color ahora. El equilibrio se pierde. No hay espíritu que valga, ni del bosque ni de Gea. Tiembla el vigoroso mundo cuando la esperanza se desvanece poco a poco. ¡O no! Esto empieza a ser ya grave. La energía que nos mueve se transforma en mera nada. Ya no habrá más atardeceres de naranjas llamativos. Ya no habrá vida humana porque ¿quién nos moverá ahora? ¿Vivimos en este mundo o ya no queda mundo alguno? Miro a mi alrededor... sólo están ellos. La verdad se está perdiendo en forma de un añil puro. Puro como la verdad que tanto buscamos y no alcanzamos a conseguir nunca. Resulta desagradable el color negro. Lo veo ascender y eclipsa a los demás colores. Se los come. Debe tener tanta hambre... La muerte se va con él y el silencio va a su vera. ¿Una vida eterna? No gracias. Creo que no estoy preparado para asistir a la autodestrucción del mundo, del ser humano. No podría ver como se acaban las vidas de aquellos a quienes más amo. Sería un dolor tan insoportable...

Estoy perdiendo a dos seres frente a mis ojos. Veo que se desmoronan. No sé como recuperarlos y deben estar a punto de esfumarse... ¡Estúpidos intransigentes! Os encerrasteis en vuestro cerco sin dirigiros mirada alguna. Vosotros que juntos andaríais mil caminos. Teméis que el otro os vea como sois y os rechace. Se ha rasgado mi corazón y se ha abierto una brecha profunda. Sangra de verdad. Es un rojo que mancha mis manos y poco a poco tiñe todo mi cuerpo. Las lágrimas oscurecen mis ojos claros. Cada vez veo peor. Se que mi vida toca su fin pero no quiero irme sin darles nada. "Tomad mi vitalidad, mi poder y mi valor e intentad con él resurgir de estas cenizas". Gotea la sangre sobre sus rostros y llegan a sus finos labios. "No dejéis que una cortina de humo os impida una vida unidos". Caigo al suelo. Débil, muy débil. El amarillo hace acto de presencia. Es síntoma de que la razón se está perdiendo. La inteligencia de antaño y el espíritu del sabio mueren. El azul fluye a su lado. Adiós sinceros humanos, lo vais a perder completamente todo.

Ambos colores se entrelazan. Parecen combinar bien pero les falta algo. ¿Qué puede ser? Unas gotas de mi sangre completan la fórmula mágica. La razón y la inteligencia; la verdad y la sinceridad; la vitalidad y el apasionamiento... Ambos seres se destapan. Ya no hay miedo al otro. Más miedo les da el fin. Se funden en un beso que los hace uno, que los convierte en humanos. Han mezclado sus esencias, complementando sus almas. Se han unido los tres pilares. Hay un destello blanco y puro, casi divino. La virginidad de un nuevo mundo lo ha hecho perfecto, pero también incierto y hay que montarlo de cero.

Juntos, hacemos bella la vida. Solos, nos desvanecemos.